Suele afirmarse que Wagner odiaba a los judíos. No me voy a meter en si es cierta o no esa afirmación. Parecería que estoy entronizando o hundiendo a Wagner –el hombre, con sus defectos y sus virtudes- en algún lugar que ignoro si le corresponde. De lo que voy a hablar es de la recepción que entre la comunidad hebrea ha tenido su música.
Y podéis estar seguros de que muchos músicos judíos amaron y aman la música de Wagner. Al margen de lo que este pensara de los demás, su obra es tan relevante que pianistas judíos en tropel han tocado los arreglos que de sus óperas hiciera Liszt. Mirad, si no, a Vladimir Horowitz y su sensacional interpretación de la “Muerte de Isolda”. Lo mismo ha sucedido con directores de orquesta hebreos que han interpretado sus óperas y han realizado excelentes grabaciones de las mismas, como Leonard Bernstein o Daniel Barenboim. La música de Wagner está más allá de credos e ideologías.
Ha habido, incluso, un buen puñado de compositores importantísimos que no han podido ignorar la relevancia de la obra wagneriana. Más aún, han admitido con mucho gusto la influencia de Wagner en su música. Y son:
- Erich Wolfgan Korngold. La música wagneriana entró en la obra de este extraordinario compositor austríaco a través de la influencia que aquel tuvo en Richard Strauss. Primero, en Austria, con óperas como La ciudad muerta. Luego, cuando hubo huido de los nazis y se instaló en los EEUU, se dedicó a poner música muy wagneriana a películas como las de Errol Flynn.
- Max Steiner. Otro austríaco que se fue a Hollywood huyendo de los nazis. En su abundantísima obra evidencia el uso del leitmotiv wagneriano para identificar musicalmente personajes y situaciones.
- Gustav Mahler. Junto con Richard Strauss, el mayor continuador del estilo wagneriano en el siglo XX. Sus nueve sinfonías completas son poderosos amalgamas de adagios decadentes, marchas militares y tempestades orquestales. Su estilo se vio influenciado también por Anton Bruckner, otro que también cayó bajo el hechizo de las óperas wagnerianas.
- Arnold Schoenberg. Cincuenta años después del estreno de Tristán e Isolda, este compositor vienés partió de las audacias armónicas contenidas en esa ópera. Y fue derivando su armonía hasta posturas muy radicales, primero atonales y, más tarde, dodecafónicas. Sus primeras obras, aún dentro de la tonalidad, evidencian que Schoenberg tenía sus oídos fijos en el Tristán, aunque conservando su propia personalidad, típica del expresionismo alemán de comienzos de siglo XX.
- Bernard Herrmann. Este viene a ser una especie de síntesis de los cuatro anteriores que he citado. Herrmann aconsejaba a Jerome Moross estudiar a Mahler. Herrmann imitaba a Wagner en Vértigo, y a Schoenberg en Fahrenheit 451. Y superó, él solito, las diferencias entre dos estéticas contrapuestas como son las de Wagner y Stravinsky en la partitura que compuso para La isla misteriosa.
Excelente post. Como ya es costumbre.
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¡Muchas gracias!
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Muy ilustrativo y altamente recomendable.
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¡Muchas gracias, Juan!
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